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Domingo, Diciembre 19 de 2010 - 12:21 a.m
El arribo… tercer paso… la llave de la buena voluntad
Los testimonios recibidos y las experiencias compartidas nos llevan a la conclusión, que NO existe ningún ser humano que esté libre de ser atacado por el azote del Alcohol.

Los testimonios recibidos y las experiencias compartidas nos llevan a la conclusión, que NO existe ningún ser humano que esté libre de ser atacado por el azote del Alcohol, puede que la soberbia y el orgullo de muchos los lleve a concluir que ha ellos no les llega este mensaje; Dios quiera que tarde que temprano busquen ayuda, porque siempre habrá una mano tendida que estará dispuesta a ayudarlo.

Atendiendo a los cánones que rigen este tipo de compartir, es importante destacar que ningún miembro de AA es especialista en el tema del Alcoholismo, los que se atreven a aceptar la misión lo hacen con la humilde condición de comunicar una experiencia que tarde que temprano los llevará a encontrar la solución a su problema personal con el alcohol.

Porque esta sutil y silenciosa enfermedad confunde, en el sentido que se manifiesta de mil maneras diferentes y solo hay una forma de atacarla y curarla y es acudiendo, pidiendo ayuda y acogiéndose a la protección de Alcohólicos Anónimos; el cual funciona como un club social, donde usted se encuentra con amigos y disfruta de un rato para compartir y divertirse.

No cabe la menor duda que la mayoría de los que han aceptado que sus vidas se habían vuelto ingobernables y que como segundo paso, tuvimos Fe en un Poder Superior al cual denominamos Dios; y que muchos de nosotros encontramos nuestro eje de fortaleza y Fe en la medalla milagrosa acompañada de una oración, pudiendo haber sido en un libro sagrado, una imagen, un amuleto, una montaña…etcétera, la solución empezó a presentarse.

También es cierto que en algunas ocasiones y sin entenderlo dudamos cuando nos interrogan con avidez, asombrados del porqué de nuestro repentino cambio (el cual es solo un pequeño inicio), y en medio de verdades a medias ocultamos de manera inconsciente que pertenecemos al programa de Alcohólicos Anónimos.

Dicha reacción en si misma no tiene nada de malo, primero porque el programa de AA no pretende “convertir” a ninguno de sus miembros en un santo, en alguna celebridad o algo parecido y mucho menos “lavarle el cerebro”; lo único que busca es mostrarle un camino, para que siga unos pasos y de esta manera continúe con una vida normal alejado definitivamente del alcohol.

Segundo por que el arribo del iniciado al grupo se sustenta en el anonimato que ofrece el programa; es decir desde el primer momento en que el declarado enfermo alcohólico, pisa por primera vez alguna de las sedes en la ciudad de Cartago en el Norte del Valle, en el País o en el Mundo, es recibido y tratado solo por su nombre.

Atrás queda su condición social, su nivel cultural, su ideología… en fin todos sus triunfos y fracasos pertenecen al pasado, y solo le servirán para en un siguiente paso realice, sin miedo, un inventario moral que le permitirá si lo hace sinceramente, poco a poco obtener una mente más abierta para así lograr ese despertar espiritual tan necesario para la recuperación.

Textualmente el Tercer Paso dice: “…Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos…”.

Más allá de la anterior frase, el programa nos invita a cultivar una buena voluntad; pues la fuerza de voluntad de nada nos sirvió en el pasado para enfrentar esa terrible obsesión por la bebida, la cual buscábamos sin ninguna razón aparente que estuviera guiada por el sano juicio; por el contrario era tal la naturaleza del problema que inicialmente bebíamos para “celebrar” cualquier cosa y sentirnos bien, pero terminamos bebiendo, en una terrible soledad, para no sentirnos mal.

La experiencia confirma que absolutamente todos los enfermos y aún desconociendo su condición y situación, intentaron solos enfrentar el problema del vicio, algunos lograron dejarlo por un mes o por un año, para luego recaer desencadenando una nueva y mayor obsesión por el trago (con el agravante que hoy día va acompañado del tabaco y las drogas); dando como resultado que prácticamente en poco tiempo se ponían al día en la cantidad de alcohol que habían dejado de consumir en los últimos meses o años.

Lo anterior significa que la sola fuerza de voluntad de nada sirve para guiar la torcida mente del alcohólico, que no necesariamente es aquel ser humano que anda de a pie cubierto con harapos y en lúgubres lugares; por el contrario, dicha enfermedad ataca de manera indiscriminada y mide a todos con el mismo rasero.

Un gran número de enfermos que sufre, es tratado con respeto y admiración por toda una comunidad que desconoce, tolera, o complace hipócritamente su paralela vida clandestina como Alcohólico y en el peor de los casos se acompaña de otras adicciones (todas aceptadas socialmente); y como el harapiento busca desesperadamente liberarse de ese demonio que deambula en su interior y no sabe donde o ha quien acudir.

La tercera sentencia lo guía, a través de una cultivada buena voluntad, que muchos denominan Fe, la cual debe de ir acompañada de mucha acción (estudiar la literatura de AA, asistir a las reuniones, compartir sus experiencias y llevar el mensaje) y determinación, esta nueva actitud los convierte nuevamente en triunfadores; porque de esta forma vuelven a creer en si mismos, lo que les permitirá abrir la puerta de la salvación física y mental y de esta manera encontrar seguro refugio en Alcohólicos Anónimos.

Si el enfermo decide aceptar y acudir a ese refugio, allí encontrará el camino para emprender la búsqueda de ese desarrollo espiritual que tanto necesita, que no es otra cosa que empezar por alejarse de tantos apegos materiales y emocionales que son los motores que impulsan la desenfrenada y tortuosa forma de vida que muchos inician y que en algunas ocasiones no tiene retorno alguno pues solo hay tres salidas: la prisión física y/o la sicológica, el cementerio o un sanatorio u hospital.

Pero entonces que impide llegar y quedarse en AA, la experiencia nos sugiere que hay miles de razones para no hacerlo y cada una depende de la personalidad de cada individuo, pero para simplificar y dejando a casi todas por fuera; podríamos identificar hoy dos, a saber: la timidez y la arrogancia.

El enfermo guiado por la excesiva timidez, es un ser que se siente inferior a todos los que le rodean, pudiendo su problema haberse originado en el trato recibido en su más temprana edad, es un ser de naturaleza solitaria que siente que no vale nada y que no sirve para nada, y es aquel que tiene un solo amigo, el alcohol.

En el otro extremo está la personalidad jactanciosa, presumida y petulante, entronizada en un súper-ego que lo hace sentir superior a casi todos sus semejantes, que actúa como si tuviera de una verdad revelada y al cual casi todos le deben rendir pleitesía, es aquel egocéntrico que no habla sino de si mismo y se idolatra casi al estilo de sentirse un Dios.

Lo que pocos logran entender es que en la soledad de cada uno de ellos, sufre más el segundo porque en momentos de lucidez mental entienden que su fantasía solo está en su imaginación, y que por mucho que lo intente nunca podrá hacer y desempeñar el papel del Dios que siempre ha creído ser.

Para terminar, déjenme compartirles la oración de la serenidad, y es con la que se da inicio y terminación a cada una de las reuniones diarias que se realizan en la comunidad de Alcohólicos Anónimos.

“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia. Hágase tu voluntad y no la mía”.

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